Toda Nuestra Historia lo Demuestra


Por Juan Pablo Vitali

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La última guerra hispanoamericana fue la guerra de Malvinas. Tengo en mi poder algunos carteles pegados por patriotas españoles en las calles de Madrid que decían: “Malvinas argentinas, Gibraltar español”. Por un momento todo estuvo claro, un reflejo de la Hispanoamérica profunda iluminó la historia. Pero se apagó pronto.

Con la derrota nadie se animó a cuestionar la causa de Malvinas, y con astucia se empujó todo detrás del palabrerío de siempre. Los progresistas liberales con su discurso de libre mercado, los progresistas marxistas con su discurso de más libertad y menos orden, de barrer con los restos de un ejército que finalmente se barrió sólo, con sus intervenciones políticas.

Los diplomáticos usan palabras bastante parecidas a las que utilizan los economistas. Con esa forma de hablar abstracta, universal y homogénea que tienen los medios de comunicación, para servir al amo y convencer a las masas. Todos son “comunicadores sociales” de lo mismo.

Cada vez que se habla de Gibraltar, recuerdo aquello: los carteles amigos y el palabrerío enemigo. La guerra tuvo la virtud de mostrar que ese difuso palabrerío, de ser necesario, se convierte en buques de guerra, infantería de marina, información satelital y submarinos nucleares que nos matan. Pero todo eso parece que pronto se olvida.

Ni Gibraltar ni Malvinas son posibles para países sin destino, que no ocupan sus mares ni sus 
pasos marítimos, y pelean guerras que no son propias. Para eso están los imperios.

La dignidad, como la voluntad, es algo sumamente sencillo. Se siente o no se siente. Es como la inteligencia o la sensibilidad, se ejercen naturalmente, sin tantas vueltas.

Yo que hice el servicio militar obligatorio con la clase ´61 –la clase ´62 fue la que mandaron a la guerra- sabía muy bien que ese ejército no podía ganar ninguna guerra. Primero, porque no quería. Segundo, porque no estaba preparado para eso. Pero las Malvinas despertaron sentimientos más profundos que los del ejército argentino decadente de 1980. Y una serie de problemas inmanejables para la diplomacia del mundo en vías de unificación.

Aquellos aparentemente intrascendentes carteles en España, no fueron poca cosa, porque por un instante la duda quedó relegada al pasado, y los periodistas tuvieron que buscar otros libretos. Por eso la guerra duró poco.

España tuvo que recordar y elegir. Italia no pudo adherir a Inglaterra, mientras se mataba gente con apellidos italianos en su mayoría. Perú repintaba sus aviones con la escarapela argentina, para acudir en su ayuda.

Toda Iberoamérica estaba en ebullición. Demasiados problemas para las clases dirigentes de ocupación.

El desguace del imperio español hace mucho ha llegado a España. Todos somos súbditos de Inglaterra, desde que su imperio se quedara con lo que fue de España. Los separatismos son parte del mismo desguace. 

Pero las dominaciones deben ser internas en primer lugar. Los héroes de Malvinas que volvieron a la Patria para salvarla, se asimilaron al sistema por dinero, o se arrodillaron a pedirle a Dios que haga lo que ellos no pudieron hacer. 

No hay pueblo sin una clase dirigente, sin organicidad, pero en nuestro caso, tanto en España como en la Argentina, estemos seguros que así y todo como estamos, el pueblo es mejor que sus dirigentes. Los soldados conscriptos que cayeron en Malvinas lo demostraron. Los hombres de la Guardia Civil que caen en España cumpliendo su deber cada día, así lo demuestran. Ellos son la verdad, la abnegación, la acción concreta en el silencio.

La vida del imperialista comercial inglés es rapiña o no es nada.

La vida del español, es milicia o no es nada. Toda nuestra historia lo demuestra.