En Busca de la Derecha


Título: En busca de la derecha (perdida).

Autor: José Javier Esparza.

Editorial: Áltera.

Sinopsis:

¿Por qué a la derecha española le cuesta tanto ganar el poder? ¿Hay propiamente una derecha o muchas? ¿Y qué es lo que hace que sean “de derechas”?

En busca de la derecha (perdida) está escrito por alguien que es de derechas, quizás a su pesar, y que desde hace veinticinco años ha participado en innumerables iniciativas culturales, sociales y políticas en el ámbito de la derecha española. Después de ese periplo, se hace las siguientes preguntas. ¿Qué significa hoy, comenzado el siglo XXI, ser de derechas? ¿Qué quedan de las viejas banderas de Dios, la patria y el rey? ¿Se puede ser conservador cuando ya quedan pocas cosas dignas de ser conservadas? ¿Es preciso ser liberal? Y el nacionalismo, ¿es de derechas o de izquierdas? ¿Cómo ser de derechas en 2010 y no morir en el intento?

Un libro escrito en el estilo ágil y entretenido del autor, que se dirige a los 10 millones de votantes de derechas. Su finalidad no es influir en las próximas elecciones, sino inducir a la meditación y al alivio de no sentirse solo.

Aviso: en este libro no se menciona a los políticos del momento, en los que está usted pensando, ni se descifran encuestas y porcentajes para saber qué partido tendrá la mayoría en las próximas Cortes, ni se da un argumentario a los candidatos a concejal. Es un libro elaborado para la gente que no vive de la política y se pregunta adónde va el mundo.

Jueves (11 de Marzo) - In Memoriam

Hermano Boer


No sé si pensábamos lo mismo

Posiblemente no.

Pero hace días me da vueltas

Por la cabeza este poema

Hermano Boer.

Los otros no saben

Lo que fue poner el piano

En la casa junto al río

Y que en las tierras solitarias

Y despiadadas, sonara Mozart

Por primera vez.

Nosotros sí sabemos.

Los otros no saben

Lo que es quemar las naves

Abandonar la tierra con tus muertos

Y partir.

Nosotros sí sabemos.

Los otros no saben

Lo que es pelear contra todos a la vez

Y mantener la sonrisa por las noches

Para que los niños

Tengan un minuto de paz.

Los otros no saben nada del confín

Del vacío, de la sequía, de la soledad.

Nosotros sí sabemos.

Y también sabemos que fue, nuestra propia madre

Seca de odio y ávida de divisas

La que nos arrojó con el hambre

A los espacios vacíos.

Nosotros, hermano Boer

Somos el vástago terrible

El hijo al que los padres, volvieron la espalda.

En realidad, no sé si pensábamos lo mismo

Ni me importa.

Tuvimos los mismos enemigos:

El inglés amante del exterminio

Y de los campos de concentración,

La hidra oscura de mil cabezas que grita

Homicidio y sangre y bailar embriagados

Alrededor de los cadáveres recién muertos.

Pero nosotros, aún somos

El piano junto al río, el tibio sol

En la pradera, el fuego y las charlas

Sobre libros junto al fuego.

Los caballos que con tanto amor criamos

La tierra que abonamos, con sudor y con sangre

Durante siglos.

Somos, camarada, los últimos pueblos

Del trigo y las canciones.

Tuvimos una vida hermosa

Los dioses lo saben.

Sabíamos que solos, algún día

Esto pasaría. Pero entre nuestro destino

Y el de ellos, prefiero el nuestro.

Descansa en paz, hermano Boer

El destino es extraño y milenario

Y los ríos llevan tu sangre y la de Mozart

Hasta un lugar idílico

Olimpo, Walhalla, paraíso

Donde nunca mueren los guerreros

Donde nuestro pueblo es feliz

Y cultiva soles.

El Guerrero del Antifaz


--
"Tras su inseparable máscara se oculta la identidad del héroe que, tras la revelación de un secreto por su propia madre, combatirá denodadamente al invasor musulmán, convirtiéndose en un guerrero luchando a favor de los Reyes Católicos."



Obra maestra del autor Manuel Gago.

Oteando el Futuro

-
Por Damián Ruiz

www.elmanifiesto.com

Quizás porque creo que ya está todo planificado estratégicamente y que todos los cables están atados y bien atados, todos los mecanismos de ingeniería social activados, todos los intereses decididos, pienso que el futuro de los ciudadanos de la vieja Europa ya está escrito y claramente definido.

Voy a tratar de describirlo con mi objetiva subjetividad sin implicarme ideológicamente.

La entrada masiva de inmigrantes de otras culturas no solo se debe explicar en cuanto a la necesidad del abaratamiento del mercado laboral, sino también en la línea de diluir cualquier autoridad moral o religiosa predominante que pueda asumir algún papel de liderazgo en la sociedad.

La convivencia entre razas y credos será objetivo prioritario de las estrategias sociales del mercado y de los grupos de poder. Ya saben de antemano que una parte de la población teme y temerá la presencia supuestamente excesiva de inmigrantes de otras culturas y religiones. Y esperan que resurjan grupos de extrema derecha y que aglutinen entre un diez y un veinte por ciento de los votos, según el país. Eso está previsto y controlado. Toda la artillería de los medios de comunicación estará centrada en conservar esa horquilla de votos, suficiente para amansar y contentar a los votantes más identitarios y nacionalistas, y suficiente para impedir una expansión agresiva de los inmigrantes de otras culturas. Podríamos decir que la estrategia sería algo así como tener atado con una cuerda a un rottweiler que ladra de vez en cuando. Unos se contentan con los ladridos, mientras los otros temen que se le suelte. Por tanto ambos grupos estarán contenidos, que será de lo que se trate.

La idea es diluir por completo cualquier tipo de identidad colectiva. El pensamiento débil, el relativismo ideológico y la conversión de la fe en un tema absolutamente privado y personal serán objetivos claros de difusión masiva.

Por otra parte la tecnología irá desarrollándose a ritmo acelerado, el individualismo narcisista se potenciará desde todos los medios posibles, compensado, astutamente, por la idea de solidaridad puntual dirigida a sectores “creados”: vinculados, por ejemplo, a famosos pagados para apadrinarlos, y con la idea de lavar la conciencia de la sociedad. Será una vacuna necesaria de calma contenida.

El objetivo de todo esto: el consumo compulsivo.

La neurosis, la soledad, las depresiones, las psicosis y las psicopatías aumentarán considerablemente, y será la realidad virtual, a través de las nuevas generaciones de Internet, la que servirá de ansiolítico, adictivo, compensadora de tanto vacío.

Nuevas generaciones de fármacos reequilibrarán de forma suficiente, pero no completa, a los individuos para que no dejen de sentir la necesidad de consumir.
El ecologismo, a igual que la solidaridad, se integrará en el mercado y ambos formarán parte del culto al ego.

Las relaciones humanas reales perderán intensidad y se convertirán en relaciones instrumentales, de uso y consumo, tanto afectivo como sexual. Los colectivos más estables serán los establecidos a través de la red, debido a la posibilidad de crear personalidades más cercanas al ideal que a la autenticidad de cada uno, sin que nadie se inmiscuya, más que esporádicamente, en la vida personal.

El mercado y el consumo serán el asidero en el que los individuos podrán apoyarse para salir de su permanente insatisfacción.

Las identidades nacionales y las instituciones irán diluyéndose a medida que se irán amplificando y transformándose en mega-estructuras. Los líderes serán, probablemente, grandes comunicadores con ideas difusas e integradoras que sirvan para mantener una insatisfacción profunda a nivel colectivo bajo la apariencia de libertad e individualidad.

Esto, según mi opinión, empezará en Europa, actualmente la sociedad más débil, neurótica y decadente del planeta, continuará en los Estados Unidos, y progresivamente tratará de extenderse a todo el mundo.

La alianza entre el mercado y los mass-media será suficiente para controlar y manipular las conciencias.

Lo humano dará paso a lo tecnológico, y la satisfacción se obtendrá de forma inmediata.

Y el espíritu quedará oculto en aquellos hombres que íntimamente estén en rebeldía contra el sistema. Creo que así será.

Disfruten.

POR la VIDA

Hace 20 Años: Fin de la Pesadilla Comunista


Por Javier Ruiz Portella

¡Quién lo hubiera imaginado! Se cayó sin que nadie moviera un solo alfiler. No el Muro de Berlín, sino lo que encarnaba: el más sanguinario sistema de opresión nunca conocido en toda la historia (cien millones de muertos sólo en la URSS; y sin contar los millones de muertos de China, y los millones de Camboya, y los de Vietnam, y los de Corea, y los de Cuba…)

Y los de España si hubieran ganado… Aunque a veces, viendo el estado de delicuescencia al que ha acabado llegando nuestro país, uno se dice —permitidme una boutade siniestra— que más hubiera valido que ganaran… Habría habido, es cierto, unos cuantos millones de españoles menos; el país habría sido arrasado a sangre y fuego (a su lado, la represión de aquel viejo general habría sido un juego de niños), pero, a fin de cuentas, el comunismo se habría acabado igual, y al menos sabrían los españoles —como lo sé yo, por ejemplo, por haber estado por aquellos andurriales— a qué atenerse…

Lo sabían muy bien los alemanes que en tal día como hoy derribaban llorando el Muro que los otros tuvieron que levantar para que no se largara hasta el apuntador. Y lo sabían los húngaros, y los checos, y los rumanos, y los polacos, y los serbios…: todos los pueblos de la Europa que las democracias estadounidense y británica habían entregado a su aliado comunista.
Nunca en la historia un sistema de tal envergadura —tampoco había existido nunca nada parecido, es cierto— ha perecido de este modo: sin que ningún enemigo externo lo derrote, sin que lo venza ninguna rebelión interna. Simplemente implosionó. Hizo ¡puf!… y se cayó. El gigante tenía los pies de barro, y el barro era demasiado blando.

¿Perdón?… Ah, ¿que los horrores del comunismo y su derrota final no justifican para nada las miserias de diverso tipo que engendra el capitalismo? ¿Que la miseria y todos los muertos que el comunismo originó no justifican para nada algo —la muerte del espíritu— que aquí conocemos de sobra? Por supuesto. Pero sólo los maniqueos piensan que por combatir a una de las partes que estuvieron enemistadas… durante un cierto tiempo, se está echando uno en brazos de la otra.

Hoy es el comunismo cuyo fin celebramos. ¡Tan fuerte, tan inquebrantable como parecía! Y de repente… ¡Menuda sorpresa nos dio! Que los otros —sus antiguos enemigos— se lo digan temblando. Y que nosotros, amigos, tengamos en cuenta que así de imprevisible, a veces, es la Historia.

Derechos Humanos Frente a Deberes Humanos


Por Eduardo Arroyo


www.elsemanaldigital


En una época tan supuestamente racional y equilibrada como la nuestra, en la que la ciencia hace las funciones de la nueva religión, existen multitud de palabras "tótem" que son adoradas sin discusión y que presentan la capacidad de bloquear esa capacidad de análisis de la que nuestra época tanto blasona. Así, cualquier organización deberá tener un carácter "democrático", sin que a nadie se le pase por la cabeza qué es exactamente eso. ¿Significa que las decisiones se toman por votación o bien significa que se presume -como en las "democracias populares" donde veraneaban nuestros socialistas de hoy- que una determinada oligarquía representa al "pueblo" y toma las decisiones unilateralmente? En el caso de que se vote hasta la decisión más primaria, ¿la elección se realiza a por mayoría simple o cualificada? ¿a una o dos vueltas? ¿valen los mismo todos los votos? ¿todos los votantes están igualmente motivados por el célebre "interés general"?


Las preguntas se agolpan pero el hecho es que bajo la cobertura de la "democracia", nuestro gobierno está llevando a cabo una labor de ingeniería social de las que hacen época, en plena coherencia con la más rancia tradición de la izquierda planetaria. Su inspirador, el proyecto "emancipatorio" que saliera de la Ilustración, no es otra cosa que el intento de adaptar la realidad a los devaneos de ideólogos que destilaban su bilis de unos trescientos años a esta parte. Si la realidad no se aviene a "razones", las cosas serán doblegadas si es preciso con la fuerza coercitiva del Estado. Existen multitud de ejemplos y quizás, el más descollante sea el ideal igualitario que hoy ya se da por cierto en todo el Occidente. Lejos de suponer, como se pretende, una igualdad "ante la ley", el ideal igualitario hace de la igualdad un valor intrínsecamente positivo, capaz de polarizar a la sociedad entera en pos de la utopía. No hay nadie mejor ni peor y cualquier distinción hacia la excelencia es contemplada bajo el prisma del rencor social. Así, el hecho de que gente sin escrúpulos haya utilizado su falta de ética para encumbrarse hace sospechosa de entrada cualquier diferencia social. Por supuesto, la mismísima naturaleza no queda al margen del proyecto "emancipador" e igualitario y debe ser sometida mediante la técnica. De ahí, por ejemplo, el fundamento teórico que subyace a la moral sexual "progresista": el hombre debe "emanciparse" no solo del dominio de Dios sino también de la mismísima naturaleza. Para el ideal Ilustrado solo el hombre crea valores y gracias a la técnica puede decidir si tener o no tener hijos o si estos deben vivir y cuando.


Llevado al extremo este discurso -y no hay razón para no llevarlo- el hombre puede incluso decidir si desea ser hombre o mujer. De ahí que para los más "avanzados", el "cambio de sexo" se plantee como un "derecho", lo mismo que el aborto en todas sus formas, desde el troceamiento quirúrgico del niño o su envenamiento químico, hasta la célebre "píldora del día después". Naturalmente, la "emancipación" no se circunscribe a las limitaciones impuestas por la naturaleza -tales como la protección debida a los hijos o la determinación biológica del sexo- sino al orden natural mismo. Una expresión a menudo empleada por los economistas modernos -como los "recursos naturales"- evidencia que la modernidad entiende la naturaleza como un mero recurso a su servicio, como una herramienta más que debe ser preservada en favor del proyecto emancipador del presente y del futuro.


Esta, y no otra, es la razón por la que todos los "avances" de la modernidad se presentan bajo los ropajes del "derecho". Uno tiene "derecho" a abortar, a cambiar de sexo, a tener diecisiete amantes o a castrarse para no tener niños, puede tener "derecho" a la "educación" -signifique esto lo que signifique como sucede con las hijas del presidente- o al trabajo -aunque su actividad sea lesiva socialmente, como en el caso de la telebasura- o a "estar informado" -aunque Prisa, Almodóvar o Cuéntame produzcan todos los días toneladas de estiércol mental en nombre de la "libertad de expresión". Todos son "derechos", sencillamente, porque Dios, la idea central de la humanidad, está siendo expulsada de nuestras vidas bajo mil excusas. Pero esta cuestión ni es baladí ni está ausente de consecuencias aunque los "ateos de guardia" esgriman argumentos supuestamente eruditos pero ridículamente fundados en defensa de lo que no es sino una mera construcción ideológica "emancipatoria". El ateísmo no existe más que como anécdota entre los pueblos no occidentales y a nosotros nos corresponde el dudosísimo honor de haber elevado una anécdota histórica al nivel de piedra angular de nuestra civilización. No es una casualidad que la ideología más extrema en este sentido -el marxismo y sus derivados- haya sido la más cruel de la historia, con cientos de millones de muertos en su haber, aunque ahora se recicle en forma de "progresismo" o simplemente silenciando los desmanes con leyes de "memoria histórica". La razón es que su discordancia con la realidad del mundo y de los hombres es tan radical que ha hecho falta mucha sangre para intentar cuadrar realidad e ideología.


Sin Dios, extrémense un poco los "derechos" que cada uno puede exigir y nos encontraremos que todo aquello que concebimos intuitivamente como un comportamiento "bueno" o "civilizado" desaparece como por ensalmo. La idea de Dios resulta fundamental para anclar cualquier "derecho" porque en el fondo todo "derecho" no es otra cosa que una exigencia a un tercero. De ahí que por la geografía de este Occidente enfermo proliferen las manifestaciones reclamando "derechos" no concedidos contra terceros que no ceden a tales exigencias, una actitud que cuadra perfectamente con el individualismo patológico del liberalismo, si bien muchas de esas exigencias puedan estar justificadas.


Para curar tanto dislate, mucho mejor sería considerar en vez de una sociedad de derechos una sociedad de deberes. La ventaja de los deberes es que el deber recae sobre uno mismo antes que sobre cualquier otro. El deber impele a uno a cumplir con una red de obligaciones en las que está inserto, en vez de ir exigiendo al de al lado lo que uno mismo decide que otro "debe" cumplir. Así, por ejemplo, un niño no tiene derecho a tener un buen padre sino que el deber del padre es ser efectivamente bueno, como el deber del patrón es ser justo con sus trabajadores y el deber del trabajador es ser diligente y honesto.


De modo análogo, la idea de "deber" transforma a la Naturaleza en interlocutora y no en una entidad explotada al servicio de nuestro supuesto "derecho" a la emancipación. Uno tiene el deber de comprender que la Naturaleza no es cualquier cosa, algo que es un mero "recurso" para que la máquina de producción capitalista produzca mayores beneficios. Sentada esta referencia, la relación de hombre y Naturaleza cambia automáticamente cuando el hombre siente que debe proteger la Naturaleza que es don de Dios.


Sin embargo, tampoco los deberes son comprensibles sin el anclaje fundamental en lo divino. La idea kantiana del imperativo categórico ha sido quizás el intento más serio en este sentido. Kant creía que cualquier comportamiento que no pudiera ser elevado a legislación universal jamás podría ser considerado norma social. Por desgracia para él, el tiempo no le ha dado la razón. Según Kant, si todos mintieran desaparecería el mismo hecho del decir e incluso de la comunicación entre personas. Pero en la época de la manipulación de masas, de la "prensa rosa" y de la "educación para la ciudadanía", Kant sirve de poco cuando son millones los que hacen de la mentira una "legislación universal".


¿Qué nos queda entonces? Hay poca elección. Entre los "derechos" que justifican y fundamentan genocidios y los deberes puros, cuya vaciedad sirve de poco ante el embate del nihilismo generalizado, solo el deber para con Dios puede fundamentar el hacer y el comportamiento de los hombres. ¿Cómo implementarlo? Pues es quizás lo más sencillo de todo porque al exigirse primero que a nadie a nosotros mismos, cada uno puede empezar dando un vuelco a su propia vida y exigiéndose a cada uno lo que el soplo del Espíritu lleva siglos exigiendo a los hombres. Un hombre así renovado contempla un mundo de deberes para con todo lo que le rodea -sus padres, su país, el mundo, sus hijos- y para con todos busca dar lo mejor de sí mismo. El resto no es sino decadencia y corrupción intelectual, que es la que está en el origen mismo de todas las demás corrupciones.